El ciberacoso no termina cuando acaba la jornada escolar: sigue en el celular, en los chats y en las redes, amplificando el daño emocional. En Foro UNIR, especialistas coincidieron en que la respuesta pasa por actuar antes, mejor y en conjunto.

Los 7 puntos claves del Foro UNIR
- La prevención debe empezar antes del daño visible: Los expertos coincidieron en que esperar a que el problema explote es llegar tarde. Detectar cambios de conducta, aislamiento, irritabilidad o rechazo al colegio permite intervenir cuando todavía hay margen de protección.
- El ciberacoso prolonga y amplifica la violencia escolar: La agresión ya no termina al salir del aula. Los chats, redes sociales y contenidos manipulados hacen que la víctima siga expuesta, con más testigos y con una sensación de persecución constante.
- La regulación emocional es una herramienta de protección: Enseñar a niños y adolescentes a reconocer y manejar lo que sienten ayuda a prevenir respuestas disfuncionales. La invalidación emocional, en cambio, aumenta la vulnerabilidad y el sufrimiento.
- Docentes y familias deben actuar como una sola red: Ningún actor puede enfrentar solo este problema. La coordinación entre escuela, hogar y comunidad es esencial para prevenir, detectar señales y sostener respuestas coherentes.
- La tecnología no es el enemigo, pero sí exige educación: Prohibir sin formar no resuelve el problema. El reto consiste en enseñar un uso responsable, crítico y respetuoso de las herramientas digitales desde edades adecuadas y con acompañamiento adulto.
- La inclusión también es prevención: Los estudiantes con neurodiversidad o características percibidas como diferentes suelen estar más expuestos al acoso. Construir entornos donde la diferencia se respete y se valore reduce el riesgo de exclusión y violencia.
- La inteligencia artificial puede ser parte de la solución: Bien diseñada y validada, puede ayudar a detectar patrones de ciberacoso y a generar alertas tempranas. Su utilidad real dependerá de que las plataformas y las instituciones la incorporen con criterio ético y social.
La prevención del ciberacoso escolar y de las adicciones digitales exige una mirada integral, sostenida y urgente. Esa fue una de las conclusiones centrales del Foro UNIR celebrado el pasado lunes, un encuentro que puso el foco en una realidad cada vez más visible en las aulas y fuera de ellas: la violencia entre pares ya no se limita al espacio físico del colegio, mientras el uso intensivo y cada vez más temprano de pantallas está modificando hábitos, vínculos y formas de malestar.
A lo largo de la sesión, los especialistas coincidieron en que no basta con reaccionar cuando el problema estalla; hay que identificar señales, educar en convivencia, fortalecer la regulación emocional y acompañar a niños y adolescentes con criterios claros antes de que el daño se cronifique.
El evento, moderado por la periodista Ana Gugel, reunió a Jaime Humberto Moreno, doctor en Psicología y profesor-investigador de la Universidad Católica de Colombia; Samanta Hurtado, mentora académica de Tecnología de EDINUN Ecuador; Angélica Agudelo Ortiz, ingeniera en Sistemas y desarrolladora de software en Truora Inc.; y Alejandra Barreiro, directora del Máster en Atención Educativa y Prevención de Conductas Adictivas de UNIR.
Moreno aportó la perspectiva clínica y preventiva sobre el acoso escolar; Hurtado abordó la alfabetización digital y el papel del docente; Agudelo explicó cómo la inteligencia artificial puede ayudar a detectar conductas de ciberacoso; y Barreiro analizó el impacto de la exposición digital temprana y las estrategias para prevenir conductas adictivas y agresiones en línea.
Desde el inicio del foro, Jaime Humberto Moreno situó el debate en un terreno que va más allá de la convivencia escolar entendida en sentido estricto. Recordó que el acoso no es un conflicto puntual ni una simple pelea entre estudiantes, sino un patrón de violencia intencional, repetido y sostenido en el tiempo, marcado además por una relación desigual de poder. En esa lógica, quien agrede busca a quien percibe más débil, ya sea por su condición económica, étnica, física o por cualquier rasgo que lo haga vulnerable dentro del grupo.
Su intervención insistió en una idea clave: el acoso escolar no puede leerse únicamente desde la conducta del agresor o el sufrimiento de la víctima, sino como un fenómeno que altera toda la convivencia, afecta la salud mental y compromete el desarrollo de niños y adolescentes.
El especialista advirtió que las consecuencias alcanzan tanto la adaptación social como el rendimiento académico, y pueden derivar en cuadros de ansiedad, depresión, aislamiento, conductas autolesivas e incluso riesgo suicida. No se trata, por tanto, de un problema menor ni de una etapa que deba relativizarse con frases como “siempre ha pasado” o “son cosas de chicos”.
La expansión digital complica el problema
Moreno subrayó además que hoy el fenómeno se ha “tecnificado”, porque el acoso ya no solo circula en patios, pasillos o aulas, sino también en redes sociales, aplicaciones de mensajería y, más recientemente, en usos maliciosos de inteligencia artificial. Esa expansión digital incrementa la exposición de la víctima, multiplica testigos y prolonga el daño.
El hostigamiento puede perseguir al estudiante hasta su casa, irrumpir a cualquier hora y amplificarse con imágenes manipuladas, mensajes humillantes o exclusión en espacios virtuales que para los adolescentes son parte esencial de su vida cotidiana.
Uno de los puntos más contundentes de su ponencia fue la atención especial a la niñez y adolescencia con diversidad funcional o necesidades educativas específicas. Moreno recordó que estos estudiantes suelen ser blanco frecuente de burlas, rechazo y exclusión precisamente por mostrar características que se perciben como “no normativas” dentro del grupo. De ahí que insistiera en que una escuela verdaderamente inclusiva no es solo la que integra, sino la que adapta el entorno, promueve el respeto activo por la diferencia y construye condiciones para que nadie quede expuesto al maltrato por ser distinto.
Todos a una contra el acoso escolar
Ese enfoque lo llevó a defender una perspectiva integradora de la prevención. La escuela sola no alcanza, dijo en varios momentos de su exposición. Tampoco alcanza una familia atenta si el centro educativo minimiza las señales, ni sirve de mucho un docente sensible si el resto del ecosistema no acompaña. La prevención, sostuvo, requiere articulación entre familia, escuela y comunidad. “Solo así es posible intervenir sobre los factores inmediatos y también sobre aquellos más amplios que moldean el clima en el que crecen los menores”, dijo.
Moreno dedicó buena parte de su intervención a la regulación emocional, una cuestión que recorrió después el resto del foro. Explicó que tanto el acoso escolar como el ciberacoso afectan directamente el desarrollo de competencias socioemocionales y bloquean estrategias saludables para gestionar el malestar.
La periodista Ana Gugel, con Jaime Humberto Moreno, doctor en Psicología y profesor-investigador de la Universidad Católica de Colombia.
En ese escenario, enseñar a reconocer, nombrar y regular emociones deja de ser un complemento deseable y pasa a convertirse en una herramienta de protección. “Las emociones son humanas, son necesarias, nos dan información y debemos aprender a fluir con ellas”, señaló. Esa afirmación condensó su planteamiento de fondo: invalidar lo que siente un niño o un adolescente agrava la vulnerabilidad y puede abrir la puerta a respuestas disfuncionales.
Entre esas respuestas, el psicólogo llamó la atención sobre las autolesiones no suicidas. Las describió como una falsa forma de regulación emocional: generan un alivio momentáneo, pero no resuelven el problema y pueden afianzar un círculo de dolor cada vez más difícil de romper. En víctimas de acoso, explicó, estas conductas pueden aparecer como una señal de alarma frente a la angustia, la tristeza, la ira o el sentimiento de exclusión. No siempre indican ideación suicida, aclaró, pero sí obligan a escuchar, observar y actuar con seriedad.
Indicadores tempranos y diferentes entornos
El especialista también se detuvo en la necesidad de identificar indicadores tempranos. Un niño que empieza a rechazar el colegio, a aislarse, a mostrar ansiedad intensa antes de entrar a clases o a sufrir cambios bruscos en su conducta puede estar pidiendo ayuda sin decirlo de forma directa. “Mamá, me quiero ir de este colegio”, evocó al citar una investigación, como síntesis del miedo que puede experimentar una víctima cuando siente que el entorno dejó de ser seguro. Para Moreno, esa frase resume la responsabilidad de los adultos, que debe centrarse en detectar antes de que el sufrimiento se transforme en desesperanza.
Cuando la moderadora trasladó preguntas del público sobre las diferencias entre entornos rurales y urbanos, Moreno señaló que el acceso desigual a la tecnología cambia escenarios y capacidades de acompañamiento, pero no elimina el riesgo.
Allí donde los adultos tienen menos familiaridad con herramientas digitales, resulta más difícil orientar, prevenir y detectar lo que ocurre en línea. Por eso insistió en la corresponsabilidad de madres, padres y cuidadores, que deben prepararse para acompañar a los menores en un uso responsable de la tecnología.
También fue especialmente clara su respuesta sobre las burlas en clase. Lejos de proponer únicamente una reacción punitiva, defendió el valor pedagógico del momento. “Es más interesante reírnos con el otro y no reírnos del otro”. Esa idea, aparentemente sencilla, encierra un criterio de enorme valor para la convivencia escolar: el humor no debe perderse y podemos educar también con él. Pero cuando hiere, humilla o expone, deja de ser una herramienta de vínculo para convertirse en violencia. Para los docentes, dijo, cada episodio puede transformarse en una oportunidad para promover empatía, reflexión y reparación.
Si Moreno colocó las bases psicológicas del problema, Alejandra Barreiro llevó la discusión al terreno de la exposición digital temprana y de las conductas adictivas vinculadas a pantallas. El diagnóstico de la directora del Máster en Atención Educativa y Prevención de Conductas Adictivas de UNIR fue que los dispositivos han llegado antes que la conciencia social de sus riesgos. Teléfonos inteligentes, redes sociales y conexión permanente forman parte de la vida diaria de niños y adolescentes, muchas veces antes de que hayan desarrollado habilidades de autorregulación suficientes para usarlos de forma saludable.
Enseñar a vivir con la tecnología es esencial
Barreiro explicó que el acceso al celular se produce cada vez a edades más tempranas y que esa incorporación responde a múltiples factores, entre ellos la presión del entorno, temor de las familias a dejar a sus hijos fuera de los circuitos sociales, necesidad de localización, sobreestimación de la madurez infantil o simple dinámica familiar. En todos los casos, el resultado es parecido: la presencia del dispositivo se normaliza muy pronto, mientras la mediación adulta muchas veces llega tarde o de manera insuficiente.
A su juicio, este escenario obliga a dejar atrás la falsa dicotomía entre prohibir o permitir. La pregunta no es si la tecnología debe existir en la vida de los menores, porque ya existe, sino cómo se enseña a convivir con ella.
En esa línea, defendió estrategias de carácter informativo, formativo y relacional. Informar significa explicar ventajas y riesgos con claridad, sin alarmismo, pero sin trivializar. Formar supone desarrollar asertividad, empatía, autoestima y pensamiento crítico. Y generar alternativas implica ofrecer espacios, actividades y vínculos que reduzcan la dependencia de la pantalla como único canal de ocio, pertenencia o validación.
Su intervención fue especialmente valiosa al describir cómo puede detectarse una conducta adictiva en el ámbito educativo. Barreiro recordó que estas conductas no aparecen de golpe, sino en un proceso de escalada. Empiezan con un uso, pasan al abuso y pueden desembocar en dependencia.
En el aula, eso se traduce en cambios observables: aislamiento, pérdida de interés por relacionarse, descenso del rendimiento, absentismo, dificultades atencionales, ansiedad, irritabilidad, baja autoestima o problemas de autocontrol. El docente, por su cercanía cotidiana, está en una posición privilegiada para advertir esos cambios.
“La realidad es alarmante y a la que nosotros, como profesionales y como familias, tenemos que atender”. Más que una frase de cierre de su exposición en el foro, esa afirmación funcionó como llamado a la responsabilidad compartida. Para Barreiro, prevenir ciberacoso y adicciones digitales no consiste solo en apagar pantallas, sino en construir criterios, hábitos y redes de apoyo que fortalezcan a niños y adolescentes frente a la presión del entorno y frente a sus propias vulnerabilidades.
Dar continuidad y estrategias integrales
En el diálogo posterior, cuando surgió la preocupación de que muchas acciones preventivas se quedan en charlas aisladas sin continuidad, la directora del máster de UNIR defendió la necesidad de políticas sostenidas y estrategias integrales. No basta una campaña puntual ni una jornada de sensibilización al año. La prevención debe incorporarse al proyecto educativo, al trabajo con familias y a la vida diaria del centro. Solo así puede consolidarse una cultura de respeto y autocuidado capaz de sostenerse en el tiempo.
Ana Gugel, con Samanta Hurtado, Angélica Agudelo Ortiz y Alejandra Barreiro en un momento del foro.
Esa misma preocupación por la continuidad fue retomada por Samanta Hurtado, quien abordó el reto desde la alfabetización digital. Su tesis central fue que el problema no es solo tecnológico, sino profundamente humano.
La escuela, dijo, está obligada a formar no únicamente en herramientas, sino en criterio, ética y convivencia. “No estamos abordando solo un problema tecnológico, sino que estamos enfrentando un desafío profundamente humano”. Su intervención puso sobre la mesa una verdad incómoda: muchos adultos acompañan a niños y adolescentes en un entorno digital que ellos mismos no comprenden del todo.
Hurtado insistió en que la alfabetización debe involucrar a docentes, familias y estudiantes. No se trata de delegar en los jóvenes la responsabilidad de aprender solos a gestionar riesgos que pueden ser complejos y dañinos. Tampoco de asumir que, por haber nacido rodeados de tecnología, saben usarla bien. El conocimiento instrumental no equivale a madurez emocional, ni navegar con soltura significa tener criterio para protegerse o para cuidar a otros.
Desde su perspectiva, la inteligencia artificial y la tecnología no vienen a sustituir al ser humano, sino a potenciarlo. Pero para que eso ocurra deben ir acompañadas de una educación que fortalezca precisamente aquello que las máquinas no reemplazan: empatía, autorregulación, lectura emocional, vínculos y sentido del bien común. “La tecnología no ha venido para destruirnos, sino para construirnos como personas”. La frase sintetizó su enfoque sobre que no hay que demonizar la herramienta, pero tampoco romantizarla.
¿Prohibir o enseñar?
Hurtado rechazó la idea de una prohibición simple del uso tecnológico en la escuela. Consideró que el desafío real es pedagógico: establecer planes estructurados, acordes a la edad, para enseñar a usar pantallas con criterio y para evitar exposiciones dañinas en etapas tempranas.
En esa tarea, la neuroeducación y la comprensión del desarrollo infantil resultan fundamentales. No todas las edades pueden gestionar de la misma manera una pantalla activa, una red social o una interacción digital cargada de estímulos.
La especialista también se detuvo en una cuestión sensible, centrada en la posibilidad de que quien ha sido acosado termine convirtiéndose en agresor. En Foro UNIR propuso mirar más allá de la conducta visible y preguntarse por el trasfondo emocional del estudiante. Detrás de ciertas respuestas hostiles puede haber dolor, exclusión o falta de contención. Eso no elimina la necesidad de intervenir, pero sí exige hacerlo con inteligencia educativa y no solo desde la sanción.“ Cambiar el chip”, como planteaban varios asistentes, implica desnormalizar prácticas violentas que durante mucho tiempo se disfrazaron de bromas, costumbres o dinámicas inevitables entre pares.
En ese punto, el aporte de Angélica Agudelo Ortiz abrió una ventana distinta, al ocuparse en el uso de la tecnología para prevenir y detectar el ciberacoso. La ingeniera explicó el desarrollo de un prototipo diseñado en Colombia para identificar interacciones de acoso en Twitter, hoy X, a partir de procesamiento de lenguaje natural y modelos de aprendizaje automático. El objetivo fue trasladar al entorno digital estudios previos sobre lenguaje ofensivo y patrones de humillación en español, adaptándolos al análisis automatizado de publicaciones.
Cruce entre tecnología y criterio
Lejos de presentar la inteligencia artificial como una solución mágica, Agudelo Ortiz enfatizó la importancia de la validación humana. El sistema, explicó, no se construyó solo con filtros automáticos, sino también con revisión de expertas que ayudaron a clasificar los contenidos y a reducir sesgos. Ese cruce entre tecnología y criterio especializado fue una de las enseñanzas más relevantes de su intervención. “La automatización puede ayudar mucho, pero necesita supervisión ética, contextual y profesional”, dijo.
También señaló que de poco sirven las investigaciones y prototipos si las plataformas y las políticas públicas no incorporan realmente estas herramientas. Para ella, el reto ya no es demostrar que se puede detectar el problema, sino lograr que esa detección se traduzca en ecosistemas digitales más seguros. “No hay que verla como un enemigo, sino como una herramienta que nos puede ayudar”. Con esa frase, Agudelo se sumó al consenso general del foro: la tecnología puede ser parte del problema, pero también debe formar parte de la respuesta, de la solución.
Los expertos reunidos en el Foro UNIR coincidieron en recalcar a medida que avanzaba el evento, que la prevención efectiva exige trabajo conjunto. Las preguntas del público reforzaron ese punto una y otra vez. Docentes preocupados por lo que ocurre dentro de las aulas; familias inquietas por lo que ya no controlan fuera de ellas; instituciones que buscan protocolos efectivos; especialistas que piden formación; desarrolladores que reclaman herramientas en las plataformas… El mapa del problema es muy amplio y, precisamente por eso, la respuesta no puede ser fragmentaria.
La función de la escuela hoy
El encuentro también dejó una idea de fondo sobre la función de la escuela en el presente. Ya no basta con transmitir contenidos. El centro educativo está llamado a convertirse en un espacio de detección temprana, educación emocional, alfabetización digital y construcción de vínculos saludables. Eso exige más formación para los docentes, más coordinación con las familias y una visión institucional que entienda la convivencia como parte del aprendizaje y no como un asunto periférico.
En el tramo final, las reflexiones de cierre reforzaron ese horizonte compartido. Barreiro llamó a intensificar la prevención y a actuar adecuadamente cuando la agresión ya existe. Hurtado insistió en la construcción de un ser humano empático, emocionalmente consciente y orientado al bien común. Agudelo recordó que la inteligencia artificial puede ayudar a resolver este tipo de problemáticas si se incorpora con responsabilidad. Desde ángulos distintos, los tres mensajes confluyeron en la misma dirección: la infancia y la adolescencia necesitan adultos que comprendan el entorno digital, que no minimicen el daño y que sepan acompañar con firmeza y cercanía.
Foro UNIR dejó una advertencia y una hoja de ruta. La advertencia fue que el ciberacoso y las adicciones digitales avanzan con rapidez en un contexto de hiperconectividad temprana, desgaste emocional y vínculos cada vez más mediados por pantallas. La hoja de ruta se centró en prevenir desde la escuela y la familia, educar en empatía y regulación emocional, detectar señales a tiempo, formar a los docentes, ofrecer alternativas de relación y aprovechar la tecnología para proteger, no para dañar. En un escenario donde el acoso puede extenderse las 24 horas del día, la respuesta también debe ser permanente, coordinada y profundamente humana.
Los mensajes principales de los participantes
Jaime Humberto Moreno:
- “El acoso escolar no es una broma ni un conflicto pasajero; es una violencia intencional, repetida y desigual que afecta la salud mental, el rendimiento académico y la trayectoria vital de niños y adolescentes”.
- “Las emociones no deben sancionarse ni minimizarse. Cuando un menor sufre acoso, enseñar regulación emocional y detectar señales tempranas puede evitar que el malestar escale a autolesiones, desesperanza o riesgo suicida”.
Alejandra Barreiro:
- “La exposición digital llega cada vez antes, mientras la autorregulación todavía no está desarrollada. Por eso, prevenir exige acompañamiento adulto, formación continuada y estrategias que no se limiten a una charla aislada”.
- “Las conductas adictivas no aparecen de golpe, sino en un proceso de escalada. El docente puede detectarlas en cambios de comportamiento, aislamiento, irritabilidad, bajo rendimiento o pérdida de control frente al uso de pantallas”.
Samanta Hurtado:
- “El problema no es solo tecnológico, sino profundamente humano. La alfabetización digital debe incluir a docentes, familias y estudiantes para que el uso de la tecnología se base en criterio, empatía y responsabilidad”.
- “La tecnología no sustituye lo esencial del ser humano. Lo que la escuela debe reforzar hoy es justamente aquello que ninguna máquina reemplaza: la inteligencia emocional, la convivencia y el respeto por el otro”.
Angélica Agudelo Ortiz:
- “La inteligencia artificial puede ayudar a detectar patrones de ciberacoso en redes sociales, siempre que se diseñe con validación humana, supervisión ética y conocimiento del contexto lingüístico y social”.
- “No basta con desarrollar modelos o prototipos académicos. Para que realmente protejan a los menores, las plataformas y las instituciones deben incorporar estas herramientas en ecosistemas digitales más seguros”.







