Detectar a tiempo cambios sostenidos en el rendimiento, la conducta o las relaciones puede evitar que el malestar de niños y adolescentes se agrave. Expertas destacaron en Foro UNIR el papel de la escuela, las familias y la psicología educativa.

Los 7 puntos claves del Foro UNIR
- Detectar no significa diagnosticar: El docente ocupa una posición privilegiada para reconocer cambios en el comportamiento, el rendimiento o las relaciones del estudiante, pero el diagnóstico corresponde a profesionales especializados. La primera responsabilidad es observar y comunicar.
- Un cambio aislado no basta: Las señales adquieren relevancia cuando forman parte de un patrón sostenido en el tiempo y afectan al funcionamiento habitual. Duración, intensidad, interferencia y riesgo son los principales criterios para decidir cómo actuar.
- La escuela es un espacio esencial de prevención: Los estudiantes pasan muchas horas en los centros y pueden ser observados en situaciones muy diversas. Esa convivencia convierte a la escuela en un puente entre el menor, la familia, orientación y los servicios sanitarios.
- Los docentes también necesitan apoyo: La detección temprana aumenta las responsabilidades del profesorado y puede generar una importante carga emocional. Los equipos de orientación y los psicólogos educativos deben acompañar también a quienes trabajan diariamente con los estudiantes.
- Familia y escuela deben formar una alianza: La abundancia de información sobre crianza ha generado familias más conscientes, pero también más inseguras. Escuchar, compartir observaciones y decidir conjuntamente los siguientes pasos evita culpabilizaciones y favorece la prevención.
- Comunicar hechos antes que etiquetas: Ante una posible dificultad, conviene explicar a las familias qué cambios concretos se han observado y desde cuándo. Introducir diagnósticos sin una evaluación previa puede provocar alarma y dificultar la colaboración.
- Las pantallas deben analizarse más allá del tiempo de uso: Importan los contenidos, las interacciones y, especialmente, aquello que la tecnología desplaza. Sueño, juego, relaciones, conversación familiar y capacidad para tolerar el aburrimiento siguen siendo esenciales para una buena salud mental.
La escuela ocupa una posición privilegiada para advertir que algo está cambiando en la vida de un niño o un adolescente, pero su misión no es diagnosticar. Observar variaciones mantenidas en el rendimiento, el comportamiento, las relaciones o los hábitos, saber escuchar y activar los apoyos adecuados puede marcar la diferencia entre una intervención temprana y un problema que se agrava. Esa fue una de las principales conclusiones del Foro UNIR ‘Salud mental en la escuela: el reto de la detección temprana en el aula’, que puso también el foco en el bienestar docente, la coordinación con las familias y el impacto de una sociedad cada vez más hiperconectada.
El encuentro, moderado por Jorge Heili, periodista y director de Foro UNIR, contó con la participación de Lucía Gallego Deike, directora médica de Emooti, Instituto de Salud Mental y Bienestar; Desiré Sánchez Chiva, psicóloga y directora del Máster Universitario en Intervención Psicológica en el Ámbito Educativo de UNIR; y Patricia Catalá Mesón, psicóloga e investigadora especializada en psicología de la salud, psicología social y crianza. Sus intervenciones en el evento permitieron abordar la detección temprana desde la perspectiva clínica, educativa y familiar.
La escuela como observatorio privilegiado
En el primer bloque, Lucía Gallego situó la dimensión del problema. La especialista recordó el crecimiento de las dificultades de salud mental y del neurodesarrollo entre niños y adolescentes y apuntó que, en América Latina y el Caribe, se estima que alrededor del 15% de los menores de 19 años presenta ya un trastorno mental diagnosticado. Ante esa realidad, defendió que la prevención y la detección temprana deben convertirse en una prioridad también dentro de los centros educativos.
En América Latina y el Caribe, se estima que alrededor del 15% de los menores de 19 años presenta ya un trastorno mental diagnosticado.
“La escuela es un observatorio privilegiado. Los docentes no son profesionales de la salud mental y no tienen que diagnosticar, pero el alumno pasa muchas horas en el centro y es una oportunidad maravillosa para captar cambios antes de que el problema se agrave”. Precisamente esa convivencia diaria permite observar al estudiante en situaciones muy distintas: en el aula, durante el recreo, en sus relaciones con los compañeros, ante la frustración o cuando debe responder a las exigencias académicas.
El elemento decisivo, explicó Gallego, no es detectar una conducta aislada y asociarla inmediatamente a un trastorno. “Una señal aislada dice muy poco; nos tenemos que fijar en un patrón de cambios sostenidos en el tiempo”. Una caída brusca del rendimiento, irritabilidad persistente, aislamiento, cambios de peso, dificultades de sueño, pérdida de interés o expresiones de desesperanza adquieren verdadero significado cuando aparecen conjuntamente, se mantienen y afectan al funcionamiento habitual del menor.
La duración, la intensidad, la interferencia en la vida cotidiana y el riesgo para el propio estudiante o para otras personas son los criterios que deben orientar la respuesta. En situaciones especialmente graves —como una intención suicida concreta, autolesiones con riesgo médico, violencia inminente o pérdida de contacto con la realidad— es necesario activar inmediatamente los protocolos correspondientes.
Gallego insistió también en que preguntar directamente no aumenta el riesgo. Al contrario, puede abrir una vía de comunicación con adolescentes que en muchas ocasiones se sienten solos. Escuchar sin invadir, dejar silencios, acompañar y explicar los pasos que van a darse son herramientas fundamentales antes de coordinar la respuesta con orientación, dirección, familia y, cuando sea necesario, los servicios sanitarios.
Lucía Gallego Deike, directora médica de Emooti, Instituto de Salud Mental y Bienestar.
Detectar no es diagnosticar
La segunda parte del encuentro reunió a las tres especialistas en una mesa redonda que profundizó en uno de los riesgos actuales: convertir cualquier comportamiento diferente en una etiqueta diagnóstica. La cantidad de información disponible en internet y redes sociales puede llevar tanto a familias como a docentes a interpretar con excesiva rapidez determinadas señales.
Desiré Sánchez Chiva pidió prudencia y defendió el papel del psicólogo educativo dentro de los centros. “Que haya síntomas o ciertas características no significa que ya tenga un diagnóstico; significa que tenemos que observar qué le está sucediendo”. Antes de llegar a una evaluación clínica, señaló, hay que analizar las distintas variables, recoger información de la escuela y la familia y comprobar si existe un problema mantenido o simplemente una situación puntual o evolutiva.
La especialista subrayó además la importancia de proporcionar a los profesionales herramientas prácticas: protocolos frente al acoso, programas de prevención, técnicas para trabajar con alumnado, docentes y familias, conocimientos sobre neurodesarrollo y salud mental y métodos adecuados de comunicación. La intervención eficaz exige método, coordinación y formación especializada.
Patricia Catalá llevó la conversación al ámbito familiar. Frente a la idea de que existe hoy un menor compromiso parental, planteó una realidad más compleja: las familias disponen de mucha más información sobre crianza y bienestar emocional, pero esa misma abundancia puede aumentar sus dudas. “Tenemos padres probablemente mucho más informados que antes y preocupados por hacerlo bien, pero también mucho más inseguros sobre si lo que están haciendo es lo que deberían hacer”.
Las fronteras entre familia, escuela y sistema sanitario son, además, menos claras que en otras épocas. A los centros educativos se les pide enseñar, educar emocionalmente, prevenir, detectar problemas, favorecer la convivencia y abordar otras muchas dimensiones del desarrollo. De ahí la importancia de recuperar una alianza sólida entre todos los actores.
Patricia Catalá Mesón, psicóloga e investigadora especializada en psicología de la salud, psicología social y crianza.
Cuidar al docente y comunicar sin alarmar
Esa responsabilidad creciente plantea otra cuestión esencial: quién cuida a quienes cuidan. Sánchez Chiva destacó que el profesor no puede afrontar solo las dificultades emocionales de decenas o incluso cientos de estudiantes. Necesita equipos, orientación, apoyo psicológico y espacios donde compartir la carga. “El departamento de orientación no solamente es para el alumnado; es para el docente y para las familias”, dijo.
El cuidado del profesorado apareció así como parte de la propia estrategia de salud mental escolar. Talleres, redes de apoyo dentro del claustro y acompañamiento del psicólogo educativo ayudan a que los docentes no asuman decisiones que exceden sus competencias y puedan mantener una relación educativa saludable con el alumnado.
También resulta decisiva la manera de trasladar una preocupación a los padres. Patricia Catalá fue especialmente clara: “Es fundamental diferenciar entre comunicar una observación y comunicar un diagnóstico”. Decir que un estudiante participa menos, se concentra peor o ha cambiado su relación con los compañeros abre una conversación; afirmar precipitadamente que tiene ansiedad o depresión puede generar alarma, culpa o rechazo.
Por eso recomendó comenzar siempre por hechos concretos, preguntar a la familia qué está observando en casa y acordar conjuntamente el siguiente paso. El objetivo no es buscar responsables, sino construir una alianza que permita entender lo que está ocurriendo y decidir qué apoyo necesita el menor.
Pantallas, identidad y una sociedad cada vez más sola
El tercer bloque, planteado como reflexión de cierre, abordó el impacto de las pantallas y la hiperconectividad. Gallego situó la cuestión más profunda en la construcción de la identidad adolescente. La exposición permanente a información, modelos y estímulos dificulta, en su opinión, que los jóvenes puedan discernir quiénes son y hacia dónde quieren dirigirse, un escenario que puede relacionarse con ansiedad, depresión, autolesiones o problemas de imagen.
Catalá añadió otra paradoja: nunca hemos estado tan conectados tecnológicamente y, sin embargo, las sociedades muestran cada vez más individualización y soledad. Los estímulos constantes reducen el espacio para aburrirse, conversar, compartir tiempo en familia o simplemente detenerse. Más que demonizar las pantallas, propuso preguntarse qué actividades fundamentales están desplazando: sueño, juego, relaciones, conversación y tiempo compartido.
Desiré Sánchez Chiva, psicóloga y directora del Máster Universitario en Intervención Psicológica en el Ámbito Educativo de UNIR.
Sánchez Chiva cerró el foro recordando que no basta con contar las horas de pantalla. También hay que observar qué contenidos consumen los menores, con quién interactúan y qué dejan de hacer mientras permanecen conectados.
El encuentro dejó así una conclusión transversal: cuidar la salud mental infantil y adolescente exige mirar antes de etiquetar, escuchar antes de juzgar y coordinarse antes de actuar. La escuela puede detectar señales valiosas, pero necesita profesionales formados, docentes cuidados y familias implicadas. La prevención no consiste en encontrar diagnósticos cuanto antes, sino en reconocer cambios significativos, comprender qué necesita cada estudiante y ofrecer ayuda antes de que el malestar se convierta en un problema mayor.
Los mensajes principales de las expertas
Lucía Gallego Deike:
- “La escuela es un observatorio privilegiado. Los docentes no son profesionales de la salud mental y no tienen que diagnosticar, pero el alumno pasa muchas horas en el centro y es una oportunidad maravillosa para captar cambios antes de que el problema se agrave”.
- “Una señal aislada dice muy poco; nos tenemos que fijar en un patrón de cambios sostenidos en el tiempo”.
Desiré Sánchez Chiva:
- “Que haya síntomas o ciertas características no significa que ya se tenga un diagnóstico; significa que tenemos que observar qué le está sucediendo al niño o adolescente”.
- “El departamento de orientación no solamente es para el alumnado; es también para el docente y para las familias”.
Patricia Catalá Mesón:
- “Tenemos padres probablemente mucho más informados que antes y preocupados por hacerlo bien, pero también mucho más inseguros sobre si lo que están haciendo es lo que deberían hacer”.
- “Es fundamental diferenciar entre comunicar una observación y comunicar un diagnóstico”.







